LAS ALMAS DE LA VOLUNTAD
Carlos Belmonte fue a caminar por la ciudad y
pasó por el Parque Alem. Fue y se encontró con muchas cosas: la
estatua, las luces y los bancos, entre otros, además de una frondosa
arboleda. Iba a ser un día complicado, pero de repente salió el
sol. Allí se encontró con Tomás, su hermano.
—¿Qué tal si nos sentamos a descansar? —dijo
Tomás.
—Me parece una buena idea.
Se sentaron y charlaron un rato.
—¿Qué planes tenés?
—Un montón: tengo que comprar ropa para mis
hijos y luego irme en colectivo a mi casa.
Después de comprar la ropa, se fueron a casa,
almorzaron y se durmieron la siesta. Carlos tenía que estudiar para
la universidad y estaba desafiando su voluntad.
—Me cuesta mucho, no tengo la voluntad
necesaria.
—Con un poco de inteligencia la vas a conseguir
—replicó.
Estudiaron lo necesario y se fueron al trabajo.
El lugar de trabajo era impecable, tenía mesitas y sillas por
doquier; además, tenía un montón de computadoras. En la pared,
había una foto de Roberto Gramajo, histórico jugador de Rosario
Central. En resumen, era un excelente lugar, cualquiera podía
organizar sus tareas y diagramar la agenda.
Se sentaron en una silla y tomaron un café.
Carlos tenía que ocuparse de distribuir las tareas en un programa de
computación.
—No sé cómo distribuirlos —dijo.
—Tenés que poner tres cosas: la fecha, la hora
y el lugar en el que vas a hacer las tareas. —contestó Tomás.
—De acuerdo.
Anotaron los datos y guardaron las
modificaciones.
Cuando volvieron del trabajo, se encontraron con
un problema: el colectivo se demoró unos minutos.
Esperaron el tiempo necesario y volvieron a su
casa. Comieron galletitas e hicieron ejercicio. Aprovecharon el
momento para repasar lo aprendido y a recuperar las almas de la
voluntad. No era fácil, ya que tardaron muchas horas en hacerlo.
En la universidad, el trabajo tampoco era fácil:
tenían que estudiar muchas materias en treinta días. Sin embargo,
podía lograrse en poco tiempo. Se podían hacer diez ejercicios como
mínimo; si no, los alumnos reprobaban.
Carlos hizo el trabajo necesario y consiguió su
diploma. Además, era un honor que sea el primer alumno en recibirlo.
Total, no había nada en contra de graduarse, ya que era un merecido
premio.
—¡Te felicito por haber ganado el diploma!
—dijo la directora de la universidad.
—Es un reconocimiento que me gané por haber
aprobado todas las materias.
Carlos y Tomás volvieron a su casa y descansaron
un rato. Tomaron la leche y fueron a hacer los ejercicios de la
universidad.
Dos horas más tarde, se dedicaron a trabajar
para lograr el esfuerzo ganado. Era un trabajo fácil, pero con
algunas cosas complicadas. No se podían llevar a su casa los
utensilios de trabajo. Era algo eficaz y fehaciente.
De repente, se encontraron con un problema: no
sabían usar bien las herramientas. Tenían que programar varias
tareas y eso era un trabajo arduo.
Finalmente, al cabo de un rato, supieron hacer
bien las cosas y volvieron a su casa durmiendo la siesta. Después de
levantarse, repasaron todos los ejercicios que habían hecho. Carlos
colgó el diploma en la pared y Tomás se hizo la cama. Nadie podía
creer que tuvieran el alma de la voluntad.
—¡Lo logré! ¡Puedo seguir progresando!
—gritó Carlos.
—Es un excelente logro para vos —dijo su
mamá.
Le recordó que podía trabajar en una oficina
como programador. Además, era el mejor trabajo remunerado para una
persona de ese tipo.
Al cabo de un tiempo, pudo ver muchas cosas: el
sol, el parque, la calle… Todo en un instante, sin interrumpir la
tarea, en un buen momento.
—Esto es un trabajo muy precioso.
—Sí, algo que merece mucha atención.
Se fueron y cumplieron su cometido, sin tener que
lamentar condolencias ni lástimas. De repente, escuchó un ruido
extraño.
—¿Y esto?
—Un pen
drive
que se me cayó.
—Levantalo.
Lo
levantó y lo puso cerca de la computadora. A
continuación, se levantó del sillón y escuchó la radio.
Puede
tener una sorpresa, pero no fue. Resulta que tuvieron un encontronazo
ayer que fue exitoso.
Volvieron
al parque y vieron una paloma en la calle, al
lado de la terraza, sin notar otra cosa que una
estatua de Leandro
N. Alem. Se
sentaron al lado de la estatua y tomaron agua.
Salieron
del
parque
y caminaron
unas
cuadras hasta llegar
al Portal Rosario. Recorrieron
el shopping
y
compraron un
montón de cosas.
Tras
pagar y recorrer muchos locales, se fueron a su casa.
Tuvieron
muchas ocurrencias, aunque no tan graves. Eran en ocasiones muy
diversas, pero no es nada banal. Carlos era un tacaño que no podía
aguantar tal cosa, ni tan solo un firulete. Pudiendo
recibir mercaderías por doquier a
través del buzón de correo,
sin nada extraño. Según
el refrán, «el que a hierro mata, a hierro muere». Y
tenía razón, solo que lo hicieron sin
cumplir todos los reclamos.
Al
día siguiente, llegó una carta de un vecino. Decía así:
Carlos,
Me voy porque tengo que estudiar muchas cosas. Si
necesitás algo, pedímelo por correo.
Juan
—Papá,
¿quién
es ese Juan? —preguntó Carlos.
—Juan
Núñez, el vecino que vive en la puerta de al lado —contestó
el
papá.
Fue
algo conmovedor, que resultó en un cambio influyente y atractivo.
Tan
atractivo que el diploma de Carlos era
algo para enmarcar.
Carlos
era una máquina de pedir. Siempre traía algo nuevo, algo que no
tenía nada en común con la situación anterior. Tal vez así lo
sea.
Al
menos, creyeron que dijo algo parecido, pero no fue para mal. Aunque
no tenga un propósito claro.
Tomás se fue corriendo al patio con el permiso
de los padres, al menos así lo fue. Cuando había algo para tener en
cuenta, era lo más dedicado para este motivo.
Sin
esperarlo, tuvieron que pasear para ver a Juan, el vecino al que se
refería la carta. Le entregaron un
bidón de agua.
—Acá lo tenés.
—Gracias.
Después de entregar el bidón, volvieron a casa.
Fue un momento difícil, pero no era para tanto. Sin duda, fue una
pesadilla sutil.
Entraron y se encontraron con muchas cosas
cambiadas. No era más que decir todo lo contrario. Sin sentido común
ni méritos.
—Voy a pasear un rato —dijo Carlos.
—Que te vaya bien —dijo el papá.
Carlos
fue a pasear y se encontró con varias sorpresas: algunos árboles
habían crecido y otros lo habían cortado. Además, se encontró con
un
problema: los cordones de los zapatos estaban desatados. Los ató y
siguió paseando hasta volver a casa.
Cuando Carlos volvió a casa, se tropezó con
miles de cosas cambiadas: el mantel, el reloj, la llave… hasta los
muebles de la cocina.
De
repente se escuchó un ruido extraño. ¿De qué será? Era un
misterio. Un
misterio insondable. Algo que nadie
podía
ni
quería
saber.
Pasó
un rato en casa, mientras la mamá se hacía la ropa y la cosía.
Además, todo era posible gracias a la paciencia que tenían.
Al menos eso creían, solo que por un instante no fue posible.
Además,
nada era infalible, tan solo un momento. Se podía transitar por
todos lados en toda la casa, menos en el garaje. Era
algo fenomenal.
Tomás mostró una caja enorme:
—Acá
tengo todas las cosas que guardé —explicó.
Abrió la caja y se encontró con varias
herramientas: un martillo, una pinza, un serrucho… Carlos lloró de
emoción por el contenido de la caja.
Era
impresionante ver cómo las emociones se desvanecían. Algo más
impactante que ver el parque de día, con
sus impactantes árboles.
Un rato después, Carlos tuvo que reunir las
hojas de sus estudios, las ordenó y las preparó para cuando vuelva
a rendir. Era algo afectuoso. Tan afectuoso que era un milagro ver
cómo estaban escritas.
Las
hojas estaban manuscritas e impresas con una carilla, con una letra
tan prolija y ordenada que parecía la de un joven de 35 años. Algo
comprensible para una persona de esa edad que necesitaba estudiar
programación.
Cuando estudiaban programación, resultaba que el
alma de la voluntad estaba muy cerca. Tan cerca que los motivos eran
muy simples.
Iniciaron una conversación muy respetuosa.
—¿Hubo algún problema? —preguntó Tomás.
—Que yo sepa, ninguno. —contestó Carlos.
—¡Qué suerte!
—Sí, una suerte muy formidable.
Encontraron
unos anteojos en el escritorio. Un objeto que pertenecería a la
mamá, y que los usaba porque no veía bien por
su edad.
Yendo
más allá, no había ningún detalle que hubiera que ocultar. Si
hubiera un motivo, encontrarían la solución para el problema. Pero
finalmente no lo hubo.
Corrieron
hasta el dormitorio y vieron que el cuadro de Gramajo estaba mal
colocado. Lo colocaron bien y descansaron un rato. Hasta
que vieron que dejaron la caja de herramientas en el piso. La
juntaron y volvieron a descansar, hasta que, al rato, fueron al patio
subiendo
por la escalera.
De
repente, se largó a llover. Era una situación muy trasnochada, más
propia de un evento especial. Tras un momento intenso, sucedió algo
muy especial.
—¡Vamos, no seas tan torpe!
—Mentira, no soy tan torpe, soy inteligente.
Al
salir del patio, la casa se parecía más a un diván, algo tan
tremendo a lo que nadie podría prestar atención. Volvieron una
vez más al
Parque Alem, caminando
por la glorieta, despacio, hasta esconderse en los árboles. No
había motivos para ocultarse,
a menos que no sean precavidos.
Tuvieron
una vida muy delicada, solo que haciendo una recorrida por las
escalinatas del Parque Alem los tranquilizaba, ya
que respiraban un poco de aire fresco y se divertían mucho. Hasta
el punto que llegaron a conocerse allí.
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