UNA VIDA SIN ATADURAS
Pablo
Ortiz se encontró en
el patio de su casa barriendo las hojas caídas del árbol durante el
otoño. Después de barrer todas las hojas, entró
a la cocina para merendar.
Una
vez, Pablo se armó de paciencia y se sentó
en el sillón.
—Charlemos
un rato —dijo
Pablo.
—Está
bien —contestó el papá.
—Es
algo muy particular.
—¿Por
qué?
—Porque
necesitás más coraje y aptitud.
—Esto
era lo que buscabas.
Tras una
breve conversación, Pablo se miró en el espejo y se lució muy
cómodo. Tenía una mirada muy radiante.
No era
fácil el trabajo que hacía. Solo había que tener mucha paciencia e
intentar lograrlo sin entusiasmarse. Eso era lo que intentaba hacer
Pablo.
Pablo
se quedó acorralado y finalmente conversó con sus amigos. En
un momento esperanzador, se podía decir que era bueno y amable.
Comenzó
a llevar los objetos que le pedía el papá:
—Acá
tenés las herramientas: el serrucho, el taladro, el martillo…
—¡Gracias!
—También
te voy a dar la pala.
—Buen
trabajo.
Pablo
se dirigió hasta el galpón y entregó todos los objetos al papá.
Estaba muy contento de entregárselos, era una ambición personal
suya. Con
todos los respetos, era el mejor voluntario del mundo. Se merecía un
premio sensacional, un regalo para toda la vida. Y
llevar la vida sin ataduras ni contratiempos.
¡No
podía creer lo bien que se portaba! Era una persona muy ejemplar y
valiente; tenía agallas y coraje, un talento muy confiable y una
voluntad muy seria.
De repente
se encontró con algún inconveniente: estaban desordenados los
útiles personales. Los ordenó y los guardó en una caja.
Después
de ordenarlos, puso la caja en el galpón, que además atesoraba
varias herramientas y objetos que el
papá usaba.
Fue
un día agitado, pero no dudó en recurrir a métodos para recorrer
varios «lugares
de placer». Algo impensable hasta ahora.
Pablo se
vio en el espejo y pensó: «Parezco una buena persona».
De hecho,
lo era. Tenía un aspecto muy elegante y ejemplar. Algo nada
envidiable en comparación con las demás personas que conocía.
Fue hasta
el dormitorio y vio que, entre los objetos que atesoraba, había
varios objetos de tiempo libre: una escopeta de caza, una caña de
pescar y una bolsa de dormir, además de una carpa playera gigante
para armar.
Además,
en el armario, había pilas de ropa colgada en los percheros y
zapatos guardados en la parte inferior de este.
—¡Esto
no parecía nada bueno! —afirmó Pabro.
Tenía
razón. No había nada bueno. Solo había alguna situación
favorable. No era fácil solucionar lo demás.
Razonando,
se fue hasta su cuarto y abrazó a los padres. ¡No tenía ni idea de
lo que estaba pasando! Parecía una situación superada, pero no lo
fue. Algo que tenía que resolverlo en un consultorio.
Esto
terminaba para peor. Se iba desmoronando la vida. Podía terminar
pésimo, si no arreglaban las cosas. No había casi ningún signo de
optimismo.
Se decía
que no había ningún trato, pero lo había. Podía tratar con los
padres, con algún pariente o con algún otro familiar; pero
finalmente eligió la primera opción.
Al rato,
Pablo se durmió la siesta y, horas más tarde, dijo al papá:
—Encontré
el llavero que habías perdido.
—Gracias.
Guardó el
llavero en la puerta de la cocina y se dirigió al patio. Allí, se
encontraba con las herramientas de papá y una goma de repuesto para
el auto, que estaba estacionado cerca de la entrada. El auto tenía
muchos objetos personales guardados adentro de la guantera.
No
podía creer qué estaba haciendo. Era una cosa ridícula, algo que
nadie podía tolerar o escatimar, con una decisión muy sensata y
extraña.
Podía
tener un impacto profundo en su relación, pero Pablo era consciente
de ello. Algún esfuerzo no bastaba. Sería contraproducente estar
con mucho trabajo en el bolsillo.
Pablo
corrió hasta la puerta y pensó: «Esto no tenía mucho que hacer».
Tenía razón. No eran tantas cosas que tenía que hacer.
De
repente, hizo un hueco para una relación que iba a surgir. Algo que
no esperaban, pero que estaba urdido. Una cosa que generó simpatía,
pero que no era menor. Con esto, se acababa la ira y el enojo, ya que
tenía mucha paciencia.
En la
habitación, escondió varios objetos: entre ellos, una caja de
fósforos que debería estar en la cocina. La guardó al lugar
adecuado y volvió al patio.
¡No podía
creer lo que estaba haciendo! No tenía alevosía ni mala intención:
poner las cosas en su lugar era algo que hacía habitualmente, ya que
era muy ordenado y cuidadoso.
Pablo
se acostó un rato y vio
un objeto extraño que,
en un principio, no podía identificar.
Finalmente, después
de observarlo con más lujo de detalle, resultó
ser un cortaúñas. Como tenía las uñas largas, Pablo empezó a
cortarse las uñas con ese instrumento. Después,
vio que un ruido le molestaba. ¿Será el
tractor? Parece
que sí, y es el de un vecino cortando el pasto.
Horas
después, el vecino apagó el tractor tras haber cortado todo el
pasto. No
era nada desdeñable.
Al
pasar por la puerta, Pablo se encontró con la ventana mal cerrada.
La cerró bien y se sentó en la mesa.
Tras varios traspiés, acomodó las sillas y almorzó unos fideos.
Después de comer, se fue a descansar en el dormitorio. Era un lugar
muy hermoso. Tan hermoso que no había tanto ruido.
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